6.9.06

Discurso pronunciado en el Solemne Acto Académico de Investidura como Doctor Honoris Causa del Excmo. y Rvdmo. Señor Carlos Filipe Ximenes Belo

(Obispo Titular de Lorium; Administrador Apostólico Emérito de Díli)
Universidad Cardenal Herrera (7 de junio de 2006, Valencia, España)


Gracias a la generosa solidaridad de las autoridades académicas de esta distinguida Universidad CEU Cardenal Herrera, soy hoy honrado con el grado de Doctor Honoris Causa. En la persona del señor rector Alfonso Bullón de Mendoza, quiero expresar mis profundos agradecimientos a la Universidad por la concesión de este doctorado, otorgado a un hijo de Timor Este. Considero este reconocimiento académico no tanto como una honra para mi persona, que nada hizo en pro del desarrollo de la Universidad CEU Cardenal Herrera, sino más bien como un acto significativo de solidaridad y de amistad para con el pueblo de Timor Este. Este pueblo pequeño y pobre, que a lo largo de 450 años de colonización portuguesa y de 25 años de anexión y ocupación por Indonesia, supo mantener su identidad étnica, cultural, religiosa y política.

Desde que fue descubierto por los navegantes portugueses que buscaban las especias en Insulindia, entre 1512 y 1515, la isla de Timor, que en malayo significa Oriente, fue visitada por comerciantes y misioneros, no habiendo todavía ni gobierno ni administración, ni fuerzas militares constituidas. El día 26 de enero de 1522 llegaron los primeros españoles a nuestra isla. Allí repararon el navio y obtuvieron suministros (arroz, carne y fruta) sin los cuales Elcano y sus hombres no habrían conseguido una hazaña: la de realizar el primer viaje de circunnavegación del planeta. Hoy, somos los timorenses los que necesitamos ayuda para continuar nuestro viaje rumbo a libertad y el desarrollo.

El primer portugués de quien se sabe que vivió con certeza en Timor fue el dominico Fray António Taveira, que en 1556 habría bautizado cinco mil personas. En 1557 se creó la Diócesis de Malaca, y el primer obispo, el dominico Fray Jorge de Santa Luzia, envió, en 1562, misioneros a las islas de Solor y Flores. De Solor, los dominicos pasaron a la isla de Timor. Entre 1580 y 1640 ya había una pequeña presencia portugue­sa. Por entonces, Portugal estuvo unido a España durante los reinados de Felipe 11, Felipe III y Felipe Iv. En 1640, había ya en la isla 22 iglesias. Como no había administración organizada, la Corona portu­guesa entregó a los misioneros el gobierno de Solor y Timor.

Entre tanto, el año 1598 llegaron a Insulindia los holandeses, que pronto comenzaron a disputar a los portugueses el comercio de estos mares. En 1651, se establecieron en el extremo occidental de Timor, en la región de Kupang, de donde comenzaron a amenazar las posiciones portuguesas. El virrey de la India, de quien Timor dependía, decidió por eso retirar el gobierno de las islas a los padres dominicos y confiarlo a un capitán-mayor. En 1565, con la llegada del primer capitán-mayor, Simao Luis, se establece la capital de Timor en Lifau, en el centro norte de Timor, que hoy constituye el enclave de Ocusi y Ambeno. Este período estuvo caracterizado por constantes luchas: entre portugueses y holandeses, entre portugueses e invasores de Celebes, conflictos entre los dominicos y los capitanes-mayores y sublevaciones de reinos timorenses.

En este período había en la isla de Timor dos grandes confederaciones. La de los Belos, que englobaba 46 reinos y estaba situada en la parte central y oriental de la isla, y tenía la capital en We- Hali, y la de Serviao, constituida por 16 reinos, situados en la parte occidental y que tenía como soberano a Senobai o Sonbai que vivía en Oenam. En general, los reinos de la Provincia de los Belos aceptaron la soberanía portuguesa, mientras los de Serviao, pasaron a reconocer la soberanía de Holanda. Como consecuencia de esto, la provincia de los Belos vino a transformarse más tarde en el Timor Portugués o Timor Oriental, con capital en Dili, y la provincia de los Serviao, en el Timor Holandés, o Timor Occidental, con capital en Kupang.

Hasta la proclamación de la independencia de Timor Este, conforme al Derecho Internacional y reconocida por la comunidad de naciones el 20 de Mayo de 2002, Timor Este fue a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX, una tierra de guerras. La más célebre de todas, fue la de Cailaco (1726). En 1769, ante la amenaza de los topases - mestizos de portugueses y timorenses- y de los holandeses, el gobernador, José Antonio Teles de Meneses, viendo Lifau cercada por enemigos, se vio en la necesidad de transferir la capital a Dili. A lo largo deI siglo XIX se dieron varios conflictos o sublevaciones contra el gobierno portugués, a los cuales seguían las campanas de pacificación de varios gobernadores, destacando José Celestino da Silva (1894-1908). En el primer cuarto del siglo XX, estalló en el Sur de Timor, la guerra de Manufahi, donde perdieron la vida más de 4.000 personas y resultaron heridas 12.567, que fueron hechas prisioneras. Entre las fuerzas gubernamentales, se registraron 289 muertos y 600 heridos. Pero el sufrimiento del pueblo de Timor no acaba aquí. En 1942, el Timor Portugués fue invadido por fuerzas extranjeras, australianas y holandesas, con el objetivo de defender la costa Norte de Australia de una posible invasión japonesa. Considerando la isla de Timor un punto estratégico para atacar Port Darwin, los soldados nipones invadieron Timor en diciembre de 1942, y lo ocuparon hasta septiembre de 1945. Cuando el 5 de septiembre se produjo la rendición de los japoneses, Timor oriental estaba completamente destruido. Respecto a las pérdidas humanas, murieron 40.000 timorenses, a causa de los combates, enfermedades y el hambre. Acabada la Segunda Guerra Mundial, Timor Occidental, entonces colonia de Holanda, se convirtió en parte de la nueva República de Indonesia (independiente desde el18 de agosto de 1945). Por el contrario, en la parte oriental, los funcionarios y soldados portugueses recuperaron la colonia de Timor, que continuó bajo tutela de Portugal hasta 1975, cuando fue invadida e integrada en Indonesia. Durante el tiempo de la integración en Indonesia, a pesar del desarrollo promovido por el gobierno de Yakarta, se produjeron muchas violaciones de derechos humanos y pérdidas de vidas humanas. Se habla de más de 200.000 muertos. Pero, felizmente, el 30 de agosto de 1999, el pueblo de Timor Oriental, aprovechando la oportunidad de autodeterminarse, a través de la consulta popular organizada por las Naciones Unidas, decidió de una vez por todas, optar por la independencia y por la libertado En este proceso, tuvo un papel importante Espana. Desde aquí, expreso el reconocimiento y gratitud del pueblo timorense al pueblo y aI Gobierno español.

Señoras y señores: La sociedad timorense fue siempre una sociedad marcada por conflictos, odios, violencias y guerras. En este breve repaso de su historia, hemos visto cómo la guerra en Timor parecía formar parte de la vida timorense. En los reinos había guerras a causa del ganado, propiedades, límites y raptos de princesas. Las causas deI odio y la violencia están enraizadas en la mentalidad timorense. EI pequeno pueblo de Timor Este es un pueblo de guerreros. Un pueblo todavía inclinado aI odio y la violencia. Los recientes acontecimientos desde el28 y 29 de abril pasado, revelan que todavía no hay verdadera paz en Timor. Falta madurez para vivir en democracia, construir la justicia, el diálogo y procurar el bien común.

En este contexto, es prioritario insistir en la educa­ción de los Derechos Humanos y en la educación para la paz en Timor Este. De hecho, a partir del ano 2000, se creó en Timor Este una Comisión de la Verdad, Acogida y Reconciliación con el objetivo de crear en los timorenses una mentalidad de paz; a nivel de la Iglesia, se constituyeron las comisiones diocesanas de Justicia y Paz; a nivel de Gobierno, se constituyó la Dirección de los Derechos Humanos y el Comisariado para la Igualdad Hombre/Mujer. EI propio presidente de la República, Xanana Gusmao, se implicó profundamente para traer desde Indonesia a los hermanos timorenses divididos (pro-integración y pro-independencia) para que convivieran bajo el mismo techo, la patria Timor Loro Sae (Timor deI Sol Naciente). A pesar de todo este esfuerzo, en Timor Este permanecen muchos conflictos e incomprensiones. Es, por lo tanto, urgente hablar de educación para la paz y de la cultura de la paz en Timor.

La paz, un valor y un deber universal, está fundada sobre el orden moral de la sociedad, la cual, a su vez, tiene sus raíces en el propio Dios, fuente primaria del ser, verdad esencial y bien supremo. En Israel, el nombre de Dios, el nombre deI Mesías es Shalom. La paz es un don divino que nosotros, los humanos, podemos construir o echar a perder. La paz no es simplemente ausencia de guerra, ni siquiera un equilibrio estable de fuerzas contrarias; la paz se basa en una correcta concepción de la persona y exige la construcción de un orden asentado sobre la justicia y la caridad. La paz es el fruto de la justicia entendida, en sentido amplio, como el respeto por el equilibrio de todas las dimensiones del ser humano. La paz es también el fruto del amor. A la justicia compete simpIemente apartar los impedimentos para la paz: la ofensa y el daño; pero la verdadera paz, sólo se construye con la caridad.
La primera iniciativa para prevenir la guerra es la educación para la paz. Se debe iniciar este proceso en la propia familia y continuarlo en la escuela. El Estado timorense, verdaderamente amante de la paz, deberá insistir en la formación de sus ciudadanos para la paz. Esta formación debe extenderse a todas las capas de la sociedad timorenses, a los partidos políticos y a las fuerzas armadas y de seguridad.

Es también indispensable la educación y formación sobre el sentido de la justicia. Tras cada conflicto se distingue fácilmente una drástica negación de la justicia. La exigencia de la justicia aumenta en el mundo actual y la respuesta a tal exigencia o no Ilega, o Ilega lentamente. Es útil recordar lo que decía el Papa Juan Pablo lI, de grata memoria, en la Encíclica Sollicitudo Rei Socialis: "No atender a tal exigencia, podría propiciar la irrupción de una tentación de respuesta violenta, por parte de las víctimas de la injusticia, como acontece en el origen de muchas guerras. Las poblaciones excluidas del reparto equitativo de bienes, destinados originariamente a todos, podrían preguntarse: por qué no responder con la violencia a cuantos son los primeros en tratamos con violencia?" (10,2). Tal situación se produce no sólo a nivel mundial, sino también en la vida social de cada país. "Hay unos -los pocos que poseen mucho- que no consiguen verdaderamente "ser", porque, debido a una inversión de valores, están impedidos por el culto del "tener"; y hay otros -los muchos que poseen poco o nada que no consiguen realizar a su vocación humana fundamental, porque están privados de los bienes indispensables" (ibídem, 28,6).
La injusticia nace de la falta de respeto por la dignidad del ser humano y por el desprecio de sus derechos fundamentales. Despreciar aI ser humano es prepararlo para el conflicto. La justicia se fundamenta en el respeto a los Derechos Humanos. Justicia y paz no son conceptos abstractos ni inaccesibles. Son valores insertados en el corazón de cada persona, como patrimonio común. Individuos, comunidades, naciones, son Ilamados a vivir en justicia y trabajar para la paz. Nadie puede ser ajeno a este problema.

"...Cuando la promoción de la dignidad de la persona es el principio orientador que nos inspira, cuando la búsqueda del bien común constituye el objetivo predominante, están siendo colocados los cimientos sólidos y duraderos para la construcción de la paz. Por el contrario, cuando los derechos humanos son ignorados y despreciados, cuando la búsqueda de intereses particulares prevalece injustamente sobre el bien común, entonces se están inevitablemente sembrando las semillas de la inestabilidad, de la revuelta y de la violencia". (Juan Pablo II, Mensaje, Día Mundial de la Paz, 1999, n° 1).

Los derechos humanos más frecuentemente pisoteados son el derecho a la vida y el respeto a la dignidad humana. El mundo actual se convirtió en un mundo que desprecia la vida humana, a pesar de ser nuestro don más precioso. EI desprecio por la vida, que debería ser intangible, está detrás de todos los actos de violencia y especialmente del recurso al terrorismo. EI terrorismo manifiesta un desprecio total por la vida humana. Ningún motivo lo puede justificar, una vez que el hombre es siempre fin y nunca medio. EI terrorismo siembra odio, muerte, deseo de venganza y de represalias. No olvidemos, sin embargo, que el terrorismo es una realidad en el mundo actual. Todo lo que significó el menosprecio por la vida humana y por la dignidad del ser humano, a lo largo del último siglo, contribuyó a incrementar el problema del terrorismo, que es "un nuevo sistema de guerra" (Conc. Vat. II GS. 79).

En este contexto, se hace imprescindible construir, en vez de la civilización de la muerte, la civilización de la vida, donde la vida de cada ser humano, sobre todo de los más vulnerables, se tome prioridad absoluta para todos los Estados. De este modo, el respeto por la dignidad humana se convertirá una prioridad absoluta para todos los Estados. De este modo, el respeto por la dignidad humana se convertirá en patrimonio común. La "Declaración Universal de los Derechos del Hombre" de las Naciones Unidas, que contiene en el principio de su preámbulo la afirmación del reconocimiento de la dignidad congénita de todos los miembros de la comunidad humana, así como sus derechos iguales e inalienables, constituye el fundamento de la libertad, de la justicia y de la paz en el mundo.

La pobreza extrema, donde quiera que surja, es una injusticia gravísima. Su eliminación debe permanecer como una prioridad, tanto a nivel nacional como internacional.

"...No se puede tolerar un mundo donde viven juntos superricos y miserables, pobres privados incluso de lo esencial y gente que malgasta sin control aquello que los demás necesitan desesperadamente. Tales contrastes son una afrenta a la dignidad del ser humano" (Juan Pablo II. Mensaje, Día Mundial de la Paz 1998, n. 4). Si es verdadera la afirmación "de la justicia para cada uno nace la paz para todos", la situación de miseria de más de mil millones de la población mundial reclama una atención urgente y eficaz. Sólo generando desarrollo, con el ser humano en el centro -cualquier ser humano- se podrá cambiar la situación actual.

Las iniciativas de Naciones Unidas procurando eliminar la pobreza absoluta antes del año 2015 son loables. Sin embargo, esto es apenas uno de los primeros pasos. La paz en el mundo depende del desarrollo de todos y no sólo de algunos. Y es que la paz es indivisible, lo que quiere decir que es de todos o que no es de ninguno. La práctica de una solidaridad globalizada sería la respuesta justa para enfrentarse aI crecimiento actual del subdesarrollo y la consiguiente inestabilidad que tan negativamente afecta a la paz nacional y a la paz mundial.

Señoras y señores: Si el siglo XX fue un siglo domi­nado por conflictos y guerras, esperamos que el siglo XXI sea un siglo de armonía entre los pueblos y las naciones. Para esto es urgente educar a los hombres y a las mujeres, sobre todo a las nuevas generaciones, para vivir en una permanente cultura de paz.

La educación para la paz, para la justicia y para los Derechos Humanos constituye, sin duda, el medio eficaz para la mudanza cultural en el sentido de una cultura de la paz. "La educación para una cultura de paz contribuye no sólo a eliminar las guerras y violencias físicas, morales y psicológicas de ellas derivadas, sino también a acelerar un cambio a nivel de los valores, actitudes y comportamientos de forma que posibilite la eliminación de las raíces culturales que sirven de soporte a los pensamien­tos, emociones y sentimientos belicistas y violentos. En el mundo actual se observa la generalización de la violencia, del ser humano contra sí mismo, con­tra otros seres humanos y contra la naturaleza, por lo que urge restablecer el equilibrio y armonía entre estos tres niveles" (Viegas, 2002, p.81).

En octubre de 1999, la UNESCO aprobó la Dec1aración y Programa de Acción sobre una Cultura de la Paz, en la que se define la cultura de la paz y se establece un programa de acción para los principa­les agentes en el plano nacional e internacional. Asíera definida la cultura de la paz: "Un conjunto de valores, actitudes, tradiciones, comportamientos, estilos de vida, basados en el respeto por la vida, el fin de la violencia y la promoción y práctica de la no violencia por medio de la educación, el diálogo y la cooperación; el respeto pleno de los principios de soberanía, integridad territorial e independen­cia política de los Estados y la no ingerencia en asuntos internos; el respeto pleno y la promoción de los Derechos Humanos y las libertades fundamentales, que inc1uyen la igualdad de derechos y oportunidades de mujeres y hombres, el derecho a la libertad de expresión, opinión e información; el compromiso en la resolución pacífica de los conflictos; los esfuerzos para satisfacer las necesidades del desarrollo y protección del medio ambiente de generaciones presentes y futuras; la adhesión a los principios de libertad, justicia, democracia, tolerancia, solidaridad, cooperación, pluralismo, diversidad cultural, diálogo y entendimiento a todos los niveles de la sociedad y entre las naciones" (Resolución de las Naciones Unidas, A/Res 53/243).

Desde febrero del presente ano se vive en Timor Este una inestabilidad social y militar. Los acontecimientos de las últimas semanas fueron de tal gravedad que fue preciso invitar a fuerzas extranjeras para mantener la paz, que debería ser tarea de los propios timorenses. Infelizmente, la sociedad timorense fue siempre una sociedad marcada por conflictos, odios, venganzas y guerras. Desde el establecimiento de la soberanía portuguesa en Timor, hubo movimientos de rebeldía contra los portugueses a lo largo de los siglos. En el siglo XX, se produjo la invasión de Indonesia y la consiguiente resistencia a la ocupación por parte del pueblo. Entrando en el nuevo milenio y viviendo en un país libre e independiente, los timorenses deben encarar el futuro con otra mentalidad, con una mentalidad imbuida de cultura de paz. Una mentalidad basada en el respeto de los derechos humanos, en la vivencia y práctica de la democracia, en el desarrollo y progreso del país y de la cooperación con otros pueblos y otras naciones. De aquí la necesidad y la urgencia de la educación de las mentes y de los corazones para la reconciliación y el perdón, para la paz y la justicia. Timor Este es un país nuevo, pero el más pobre de Asia. Necesita ayuda de la comunidad internacional, incluyendo a España, para poder salir de la crisis y de la pobreza y así proseguir en el camino del desarrollo y de la paz.

Termino renovando mis agradecimientos a las autoridades civiles, religiosas y académicas que han tenido a bien estar presentes en este acto solemne de Doctorado Honoris Causa. Muchas gracias, por vuestra solidaridad y por vuestro apoyo aI pueblo de Timor Este.

Valencia, 7 de junio de 2006